domingo, junio 10, 2012

La infancia del monstruo.



La escuela es un parque sin diversiones. Las rocas y la hojarasca constituyen la máxima atracción si hay viento.

José camina al lugar que los niños de su tiempo dejan hueco a las seis.

Hueca la luz, desciende hasta fluir afuera, el hueco queda dentro de las aulas y los pupitres marcan la oscuridad en sus paredes.

Como una cueva de carbón, rectilinea y cúbica, queda manchada la ausencia, el último eco de niños, de sus pisadas resuena en su cabeza.

José conoce su primera jaula. Irremediable.

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(Fotografía: Helen Levitt, New York, c. 1940)

martes, noviembre 14, 2006

Jesus Merrick vive en una calle llena de monstruos. Jesus Merrick se siente el mas monstruoso de los monstruosos. Por eso se fue a vivir al subsuelo. Hombre topo, hombre hormiga, hombre satanico.

Cerca del infierno sueña con un paraiso que no existe. Cree en el amor como en una lampara de inagotable aceite. Tambien cree fervientemente en la inexistencia de Dios. Diariamente reza y sueña con los ojos de una niña que vio por primera vez en la estacion central del tranvia.

Este niño elefante escribe en sus cuadernos, dibuja estilo art brut (es todo lo que puede; sus anchos y deformes dedos no le permiten mas) y apoya causas sociales desde tiempos de la revolucion rusa. Una vez visito el Kremlin en sueños y dibujo propaganda en afiches que ahora valen miles de dolares...

sábado, octubre 15, 2005

El hombre elefante "musita el salmo de la cobardía".

Los demonios acudieron a J. Merrick y le aconsejaron someterse al dios bisturí, a los espíritus del colágenos y el botox, a la sanísima trinidad de la cirugía plástica, el peeling y el rayo laser.

Las putas grandes de las revistas le ofrecieron, igual que la televisión, el mundo de los cambios extremos.

Resistía, como en la tela de una araña, la respiración, para no ser consumido por ese aire extraño que todo quiere mutar en estandar de calidad estética.

Sufría el hombre elefante, delante de los placeres más cercanos, los que extienden cualquier laberinto y hacen de cualquier rendija un zaguan con pozo en que caer, dándole la luz unos segundos para después dejarlo ciego.

Mejor no, mejor imagina el mundo desde sus escamas encornamentadas. Ahora que nadie lo ve, mejor entretenerse en el suave vaivén de las sombras, la sonaja de los casquetes sobre las rocas y la risa de los niños durante el futbol callejero.

Los demonios lograron, sublimes, su cometido.