Jesus Merrick vive en una calle llena de monstruos. Jesus Merrick se siente el mas monstruoso de los monstruosos. Por eso se fue a vivir al subsuelo. Hombre topo, hombre hormiga, hombre satanico.
Cerca del infierno sueña con un paraiso que no existe. Cree en el amor como en una lampara de inagotable aceite. Tambien cree fervientemente en la inexistencia de Dios. Diariamente reza y sueña con los ojos de una niña que vio por primera vez en la estacion central del tranvia.
Este niño elefante escribe en sus cuadernos, dibuja estilo art brut (es todo lo que puede; sus anchos y deformes dedos no le permiten mas) y apoya causas sociales desde tiempos de la revolucion rusa. Una vez visito el Kremlin en sueños y dibujo propaganda en afiches que ahora valen miles de dolares...
martes, noviembre 14, 2006
sábado, octubre 15, 2005
El hombre elefante "musita el salmo de la cobardía".
Los demonios acudieron a J. Merrick y le aconsejaron someterse al dios bisturí, a los espíritus del colágenos y el botox, a la sanísima trinidad de la cirugía plástica, el peeling y el rayo laser.
Las putas grandes de las revistas le ofrecieron, igual que la televisión, el mundo de los cambios extremos.
Resistía, como en la tela de una araña, la respiración, para no ser consumido por ese aire extraño que todo quiere mutar en estandar de calidad estética.
Sufría el hombre elefante, delante de los placeres más cercanos, los que extienden cualquier laberinto y hacen de cualquier rendija un zaguan con pozo en que caer, dándole la luz unos segundos para después dejarlo ciego.
Mejor no, mejor imagina el mundo desde sus escamas encornamentadas. Ahora que nadie lo ve, mejor entretenerse en el suave vaivén de las sombras, la sonaja de los casquetes sobre las rocas y la risa de los niños durante el futbol callejero.
Los demonios lograron, sublimes, su cometido.
Las putas grandes de las revistas le ofrecieron, igual que la televisión, el mundo de los cambios extremos.
Resistía, como en la tela de una araña, la respiración, para no ser consumido por ese aire extraño que todo quiere mutar en estandar de calidad estética.
Sufría el hombre elefante, delante de los placeres más cercanos, los que extienden cualquier laberinto y hacen de cualquier rendija un zaguan con pozo en que caer, dándole la luz unos segundos para después dejarlo ciego.
Mejor no, mejor imagina el mundo desde sus escamas encornamentadas. Ahora que nadie lo ve, mejor entretenerse en el suave vaivén de las sombras, la sonaja de los casquetes sobre las rocas y la risa de los niños durante el futbol callejero.
Los demonios lograron, sublimes, su cometido.
jueves, abril 07, 2005
Comparación del hombre elefante
Que alguien tan sórdidamente horrendo como J. Merrick ame a la humanidad que lo odia, es entendible. Todo acto de amor es un acto de resistencia. Cristianísimo. Pero es también un acto de venganza contra el sujeto-objeto amado que inflige crueldad al amante. A J. Merrick lo podríamos llamar Jesús Merrick. Aunque Jesús de Nazareth era un hombre cuya apariencia era la de un hombre bien parecido, según la concepción del mundo occidental, lo que une a estos dos hombres es el acto de amor por la humanidad cuando esta lo utiliza para verter su odio, cuando se convierten en lo que nadie debe ser y cuyo comportamiento (oh paradoja) habrá de ser imitado, pero solo cuando han muerto, cuando han pasado la trampa de fuego y sangre, la exhibición del sufrimiento. Entonces, su martirio nos devuelve la culpa y la compasión de un solo disparo. La víctima se vuelve redentora de su verdugo: su vida y muerte habrán de ser recordadas por siempre, para recordar y de este modo expiar los pecados perpetuados por la crueldad infligida. No hacia la persona martirizada, sino hacia nosotros mismos, los simples mortales, los crueles, los que no entenderemos nunca al amor por el amor. Nunca al acto del amor. El simple y puro acto del amor del que solo las extrañas criaturas son capaces.
A nosotros nos corresponde recordar. Equivocarnos. Lacerar. Y acudir a esas criaturas cuando nos damos cuenta y vergüenza de lo que podemos ser capaces. Nosotros, los normales.
A nosotros nos corresponde recordar. Equivocarnos. Lacerar. Y acudir a esas criaturas cuando nos damos cuenta y vergüenza de lo que podemos ser capaces. Nosotros, los normales.
martes, marzo 08, 2005
domingo, noviembre 09, 2003
Morfología de El Hombre Elefante
Al hombre lo han deformado la religión, la patria, los padres. Todo lo que se pueda considerar sagrado, es en realidad la maquinaria de mutaciones del ser humano.
La niñez suele ser la etapa más feliz del hombre pues se vive en un estado de completa fascinación por las cosas sencillas. No hay dogmas, ni reglas, ni siquiera derechos. Ni libertad. Todo viene natural. El amor es un estado de ánimo que viene y va tan fácilmente. No hay rituales de conquista y apareamiento, ni moldes de estúpida fisura construido solo de fósiles que nos endilga el catecismo, los buenos modales, la escuela.
Pero las artimañas están allí para aprenderse. Es mejor (idealmente) que sobreviva un niño entre lobos, que un montón de mocosos corrompidos por la burguesía, Señores de Todas las Moscas.
La deformación del hombre no es visible, ni siquiera ósea o fibrosa. No es física pues. Es mas profunda. Es una tumoración del alma, una llaga roja en el alma. Si tal cosa existe, o nos es añadida con la circuncisión, el bautismo o alguna otra santa patraña.
El niño no tiene forma, pero tampoco es un deforme. Un deforme monstruoso no. La monstruosidad nos es herencia. Aun cuando las intenciones sean buenas, hay algo de malévolo en esos actos de bondad. Como una especie de venganza con piel de cordero. Cordero de Dios…
El sacrificio en nuestros actos es egoísta, no corresponde a actos de Santidad. Si no a la constante satisfacción de nuestra voracidad. La voracidad de pertenecer, siempre pertenecer. Obtener. Ganar. Saciar.
Pero la desgracia siempre está allí. Maravillosa y purificadora. La desgracia es la única sustancia que puede acercarnos a aquella inocencia. Toda pérdida nos recupera. Hablo de una desgracia natural, que afecta el amor más sensato que podamos sentir. No me refiero a la desgracia que nos es regalada, editada y musicalizada en los noticiarios. Sino a la desgracia más íntima y personal.
En Joseph Merrick, El Hombre Elefante, esta desgracia era evidente. Por ello era más humano que cualquier hombre con las partes del cuerpo en su sitio y justa dimensión. No quiero decir que los deformes físicos sean buenos. La bondad no existe. La bondad es otro invento que sirve para hacernos llorar en las películas, hacernos de votantes o méritos sociales. Yo hablo del instinto más primigenio, y el único verdaderamente humano. Dice Vicente Quirarte, El hombre, / ese animal que llora a sus criaturas. Porque con la muerte (la desgracia más natural) algo nos es arrancado. Algo que no sabemos que es. Pero que nos deja mutilados. Inocentes, temblando, como recién nacidos. Como el primer gesto de amor maternal del que sabemos… antes de que suceda la inevitable fatalidad de rebajarnos a la más ínfima de las categorías.
La niñez suele ser la etapa más feliz del hombre pues se vive en un estado de completa fascinación por las cosas sencillas. No hay dogmas, ni reglas, ni siquiera derechos. Ni libertad. Todo viene natural. El amor es un estado de ánimo que viene y va tan fácilmente. No hay rituales de conquista y apareamiento, ni moldes de estúpida fisura construido solo de fósiles que nos endilga el catecismo, los buenos modales, la escuela.
Pero las artimañas están allí para aprenderse. Es mejor (idealmente) que sobreviva un niño entre lobos, que un montón de mocosos corrompidos por la burguesía, Señores de Todas las Moscas.
La deformación del hombre no es visible, ni siquiera ósea o fibrosa. No es física pues. Es mas profunda. Es una tumoración del alma, una llaga roja en el alma. Si tal cosa existe, o nos es añadida con la circuncisión, el bautismo o alguna otra santa patraña.
El niño no tiene forma, pero tampoco es un deforme. Un deforme monstruoso no. La monstruosidad nos es herencia. Aun cuando las intenciones sean buenas, hay algo de malévolo en esos actos de bondad. Como una especie de venganza con piel de cordero. Cordero de Dios…
El sacrificio en nuestros actos es egoísta, no corresponde a actos de Santidad. Si no a la constante satisfacción de nuestra voracidad. La voracidad de pertenecer, siempre pertenecer. Obtener. Ganar. Saciar.
Pero la desgracia siempre está allí. Maravillosa y purificadora. La desgracia es la única sustancia que puede acercarnos a aquella inocencia. Toda pérdida nos recupera. Hablo de una desgracia natural, que afecta el amor más sensato que podamos sentir. No me refiero a la desgracia que nos es regalada, editada y musicalizada en los noticiarios. Sino a la desgracia más íntima y personal.
En Joseph Merrick, El Hombre Elefante, esta desgracia era evidente. Por ello era más humano que cualquier hombre con las partes del cuerpo en su sitio y justa dimensión. No quiero decir que los deformes físicos sean buenos. La bondad no existe. La bondad es otro invento que sirve para hacernos llorar en las películas, hacernos de votantes o méritos sociales. Yo hablo del instinto más primigenio, y el único verdaderamente humano. Dice Vicente Quirarte, El hombre, / ese animal que llora a sus criaturas. Porque con la muerte (la desgracia más natural) algo nos es arrancado. Algo que no sabemos que es. Pero que nos deja mutilados. Inocentes, temblando, como recién nacidos. Como el primer gesto de amor maternal del que sabemos… antes de que suceda la inevitable fatalidad de rebajarnos a la más ínfima de las categorías.
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